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[notas de interpretación para la voz dentro de la cabeza]

[lectura normal] Es difícil encontrar un momento de silencio e intimidad (o algo parecido a eso). Vivo en un sexto piso de la calle Aguero. Hace un par de años hago improvisaciones con la voz y la computadora, generalmente en mi cuarto o en el cuarto de mis papás que actualmente viven en Lima. En los dos espacios pasa lo mismo, no están acustizados y las ventanas dan al aireluz del edificio donde los sonidos rebotan como una gran caja sonora. La distancia entre los pisos se disuelve por completo y es como si viviéramos todos juntos.
Cuando me mudé me contaron una historia que me ayudó a entender el por qué de este fenómeno acústico. Virasoro construyó el edificio (1957) para vivir con sus mejores amigos (uno en cada piso), y el aireluz compartido les permitía llamarse unos a otros con facilidad. Me imagino una charla de aireluz de un domingo al atardecer:
[impostando una voz masculina]  

Y: Che, X ¿ estás para jugar un ajedrez?
X: Dale, ahora subo. Abrí un vino.

Ahora vivimos 7 vecinos que no tenemos relación pero nos escuchamos con facilidad. [susurrado, como un secreto] Quizás mi voz es demasiado frágil.
[lectura normal] Los hijos de Aarón viven en el primer piso y siempre juegan en el patio. Son siete. Hijos y pisos. Uno es bebé y llora. Otro se queja de que uno le está ocultando algo que tiene en las manos y no se lo quiere mostrar. Gritan. De fondo, más cerca físicamente pero más lejos auditivamente se escucha el ritmo constante de mi lavarropas. Uno de los hijos tose y se mezcla con el grito de otro. Algo así como [ffffff] (e)kjghu - AAAAAAaaa - (e)kj ghuh - DUa  haaaaaa.  
[lectura normal]A la distancia, una puerta se abre con un sonido bastante agudo mientras percibo el ruido de algunos frascos de vidrio que están siendo arrastrados. Ahora sólo escucho la aspiradora que está muy cerca y siento una vibración en el piso probablemente porque alguien del quinto decidió cambiar un mueble de lugar.
A pesar del ruido blanco de la aspiradora, sigo escuchando los gritos de los hijos de Aarón.

En el cuarto piso están haciendo una refacción. Sumado a los sonidos típicos de una obra en construcción, los obreros escuchan la radio a todo volumen generando una mezcla indeterminada de taladros, risas y melodías de rock nacional.

La sierra eléctrica, los martillazos, el aire acondicionado, los chicos peleándose, el llanto del bebé, y mi voz, por momentos se atraen y en otras instancias se repelen. En un esfuerzo por dejar de escuchar los ruidos canto notas en ambas extremidades de mi registro. Mientras grabo, la computadora es testigo e intermediaria, alentando una atmósfera inacabada con sonidos irregulares donde la voz se manifiesta imperfecta.

Las 63 ventanas que tengo abiertas en el explorador de internet se cierran de repente y la computadora se tilda. No puse “guardar”.


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